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Exposición Invisible |
Por Fernando Cabrera
Invisible. Nunca mejor palabra para nombrar lo que se intuye. Ese vocablo
asegura que algo está, pero que, más allá de la seguridad del roce, inspira
sospecha por su condición de inasible e inalcanzable. Nos hace intuir aquello
que sin duda existe, impregna, acaricia y también hiere, aunque jamás es
percibido por los ojos. Habla de ausencia y presencia. De lo que es y no es,
pero no deja indiferente.
Gina Rodríguez estuvo así, invisible, hasta su llamada, aunque sabía que
persistía en perseguir unicornios y sueños de colores, contagiando su capacidad
de asombro. Me sorprendió su invitación, pero accedí a respaldar su esfuerzo
por conquistar la sensibilidad de una sociedad que suele ser indiferente. Así
que el 16 de julio acudí al Museo de Arte Contemporáneo para contemplar los
nuevos frutos de su febril imaginación y dejarme atrapar por el vendaval en
espiral de su abigarrado discurso. Vi sus obras en absoluta soledad. En fin,
aquí están las palabras prometidas, en las que abordo su paradoja de
visibilizar creativamente lo invisible.
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Misterio insondable del Ser |
En “Misterio insondable del ser”, primera obra observada, se entremezclan superficies
terrosas y planos de materia superpuesta en mosaicos de luces degradadas. Altos
y bajos relieves sirven de soportes combinados de una vertiginosa espiral que
alegoriza el paso del tiempo a través de la infinitud del universo. En tanto, “Infalible
destino”, la obra situada al lado, muestra una agresiva tridimensionalidad
metálica que delimita unos ojos impasibles. La obra nos hace evocar la escena
de violencia y resignación con la que Buñuel y Dalí iniciaron Un perro
andaluz. El cinéfilo jamás olvidará su estupor al ver cómo un ojo amado es atravesado
por una navaja. Quien mire este cuadro tampoco olvidará unos dientes metálicos
que parecen estar ahí para atraparnos en una crueldad inevitable. En esta obra,
la materia atrapada en su finitud nos advierte sobre el destino inexorable de
la muerte.
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Infalible destino |
“Isla metálica” presenta un profundo contraste de materiales, especialmente
piedras y arenisca. En el centro, una luz de blanco puro representa una isla
rodeada de tierra. Quizá todo lo pintado alegoriza el sinsentido de la
existencia o, mejor aún, constituye un grito por la conciencia de existir en un
universo absurdo.
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Isla metálica |
“Voces de lo invisible”, obra casi homónima de la exposición,
plantea un rompecabezas, aquel juego infantil que se usa para adivinar
palabras. Se trata de superficies engrapadas, cubiertas de miradas, espirales y
presencias fantasmales que aspiran a lo esencial, que muestran cosas por
resolver y que, sin importar si se mueven o no las piezas, no llevarán a un
conocimiento real, sino a dudas, expectativas, aspectos por solucionar y cosas
que la divinidad, con su capacidad de estar en todas partes y en todos los
tiempos, acaso pudiera organizar adecuadamente si así lo quisiera.
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Voces de lo invisible |
“Jaque al Caribe”, con planos romboides espejeados a partir de una mancha
naranja intensa muestra los rasgos étnicos tripartitos preponderantes, el
mestizaje característico de este archipiélago cantado por Pedro Mir.
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Jaque al Caribe |
Este tema se evoca nuevamente en “Dimensiones
ancestrales del Caribe”, donde, sobre un terroso fondo metálico, cuatro
círculos cinéticos muestran perspectivas distintas, quizá como alegoría de la
diversidad y el sincretismo de nuestras islas.
Junto a estos atisbos de
identidad, se exhibe “Prepara la maleta”, compuesta por maletas de diferentes
dimensiones, planas y tridimensionales, que simbolizan aspiraciones a una vida
mejor, cercanas al primer mundo. Hay maletas que han salido del marco y que
invitan a partir hacia alguna parte, aun sin la certeza de que lo que espera es
mejor.
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Prepara la maleta |
Con la intención de situar a los seres en su espacialidad, en la cárcel que
son las dimensiones, obras como “Todos a la vez en todas partes”, proponen
ventanas planas, pero tridimensionalmente abiertas, incluso con sombras
proyectadas en la pared a partir de las luces colocadas en el montaje
museográfico.
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Todos a la vez en todas partes |
De forma similar, en “El muro, una parte del todo” se muestra un
ladrillo dentro de una pared, dentro de un cuadrado enmarcado por otro cuadro y
así hasta el infinito. Hay ojos por doquier, espirales que son ojos y
viceversa. Por primera vez, aparecen manchas verdosas que recuerdan la
naturaleza vegetal en medio de tanta tierra, del polvo de estrellas del que
estamos hechos.
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Una parte del todo |
En igual tónica, en “Aguas efímeras de lo irremediablemente
eterno”, definida por un borde ovalado de cartón sobre un marco negro cuadrado,
abundan las perforaciones. Unas circulares como pupilas, son negras y llenas;
algunas transparentes y otras volumétricas, hechas con fibras de madera o
plásticos, donde se asienta el vacío, el tiempo o el agua primigenia y
sapiencial. Son veinticinco ojos seriados expuestos en un metro cuadrado de
cotidianidad.
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Aguas efímeras de lo irremediable eterno |
En esta exposición, es evidente la intención de acercar la creación visual
al lenguaje de la poesía, pues los títulos apelan a la figuración verbal, a
versos que, como los de Manuel de Cabral o José Mármol, hacen pensar. En este
sentido, “Negro tras la oreja”, que rememora las décimas espinelas escritas por
Juan Antonio Alix en 1880, propone trazos verticales que evocan las cañas de
azúcar cortadas por los esclavos que hicieron obscenamente ricos a los
europeos.
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Negro tras la oreja |
Hay ventanas incomunicadas por doquier, en una arriesgada composición
en la que, en el centro, aparece una gran oreja tridimensional sobre una pupila
acuosa, quizá pletórica de sudor y lágrimas. Otra vinculación entre palabra y
pintura se encuentra en la obra Yelidá, homónima del poemario de Tomás
Hernández Franco, en ventanas en las que se bocetan rostros mulatos son
delineadas con diferentes grafías y letras. Se trata de una Yelidá infinita en
su mestizaje, cuyo vientre alberga un origen singular. Lejos de los prejuicios
asociados al semen europeo y al óvulo africano, y más allá de la supremacía
blanca y negra, surge otra aún más determinante: la resultante de la combinación
de lo mejor de ambas. Otra pintura con aroma literario es “Macondo” donde una
grafía de trazos sueltos y materias abigarradas nos remite al imaginario selvático
y amazónico de Márquez.
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Yelidá |
El cuadro “El eterno retorno de las cosas” presenta una espiral
estructurada que alegoriza la esencia mulata. Perfila un laberinto que sugiere
una historia cíclica. Hay muchas interrogantes en estos discursos visuales,
algunas relacionadas con la esclavitud, la explotación y, tal vez, el
neocolonialismo. Lo identitario también emerge en el uso del término criollo “brechador”,
que da nombre a una de las obras. Esta tiene un aspecto peculiar que alcanza lo
ontológico. A nivel visual, destaca una estrella sobre una tela segmentada y
acuchillada, acaso como grafía característica de la agresividad del presente.
¿Qué muestra de forma disimulada en esta composición? Pues la eternidad. La
paleta de colores sigue siendo ocre, pero ahora con una marcada persistencia
del naranja y otros tonos rojizos que no transmiten paz, sino asedio.
“Espiral sagrada” contiene un espacio vacío que, paradójicamente, está
atiborrado de intensa materia oscura, nebulosas y espirales galácticas. Muestra
la desintegración, el regreso al origen o la expansión tras el Big Bang, o
todas ellas a la vez: la energía explosiva de las estrellas fluye. Con igual
desacralización, en La divina indiferencia emerge un plano cósmico oscuro donde
una sustancia orgánica fluye como un gusano en oasis poblados de significados,
representada con pinceladas agresivas que hacen que el material acartonado se
hinche y se hunda, tal vez en representación de la curvatura del espacio-tiempo
intuida por Albert Einstein.
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Espiral sagrada |
En “Infinito coraje”, una serpiente se dobla sobre sí misma y se traga la
cola. Hay mucha materia: arcilla, papel de traza, cartón. Se utilizan los
mismos colores terrosos y el negro se aplica con total libertad. Este catártico
arrastre es, quizá, el del individuo atrapado en un espacio y una vida que
nunca pidió. “Fibonasis” da testimonio de la investigación hecha por la
artista. Obviamente, ella es consciente de la magia de la composición que nos
ha legado la naturaleza, esa clave que se encuentra en las caracolas y que
resuena en todas partes. Esta vez, la naturaleza plasmada es sombría, pues
alude a la conciencia de la propia existencia, presa del dolor y el temor por
un triste futuro.
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Fibonasis |
“Cámara de la vida” es una pieza extraña. Muestra una suerte de rostro
alienígena en el que un tercer ojo actúa como portal a dimensiones
desconocidas. Complementa la composición una vieja cámara de alimentación
cilíndrica, de las que alimentaban nuestra fantasía infantil, colocada fuera de
contexto. El conjunto evoca una erupción de sangre, estrellas, nebulosas, gases
y ojos que miran al infinito. Una gran espiral muestra la presencia y la
ausencia humanas. Hay vida latente y muerte silenciosa. En definitiva, lo
infalible reina en ella, siempre en un tono angustioso y terrible.
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La cámara de la vida |
Aunque la mayoría son abstractas, también hay obras con figuraciones
realistas, expresionistas. Es el caso de “Un corazón tendido al sol”, cuyo
centro lo ocupa un relieve de cajas contiguas, una de las cuales contiene un
corazón escultórico.
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Un corazón tendido al sol |
En “El patio del tiempo” destacan gavetas seriadas llenas
de todo lo inimaginable. Una huella sobre el lodo refleja la humanidad. La obra“Timbí
de emociones”, perfilada por tiras incrustadas sobre una tela, presenta una
naturaleza similar.
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El patio del tiempo |
Hay obras que son instalaciones en sí mismas, como “La permanencia de las
pequeñas cosas”, formadas por acumulaciones de cuadros rectangulares y planos
de colores superpuestos que van desde los marrones hasta el bermellón y el
dorado. Pululan figuras geométricas horadadas en la tela, a veces en
superficies acartonadas, ventanas que invitan al espectador a tocar y abrir. En
ellas se pueden encontrar espirales y estrellas simbólicas que remiten a
posibles génesis y cosmologías, no solo judeocristianas, sino también de otras
religiones y herejías orientalistas.
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La permanencia de las pequeñas cosas |
A menudo, los marcos no enmarcan nada. Esto es evidente en la obra titulada
“El metro cuadrado de la intuición”, en la que el recuadro, mucho más amplio,
sirve para sujetar no solo la propuesta pictórica sobre cartón, sino también
los libros perforados que hay delante y detrás del entramado. En esta ocasión,
el marco también delimita un vacío que puede ser un útero que, paradójicamente,
como los hoyos negros galácticos, contiene el germen de la restauración del
universo.
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El metro cuadrado de necesidad |
Cada cuadro está lleno de detalles que incitan a formular preguntas
cuya respuesta es difícil o imposible. Si algo abruma en la exposición es esa
persistencia cromática terrosa que tortuosamente aspira a lo monocromático.
En definitiva, la exposición Invisible contiene un universo abigarrado,
saturado y neobarroco. Ha supuesto muchos riesgos, tanto conceptuales como de
realización. Sus propuestas, logradas y maduras, son testimonio de la notable
evolución de la destacada artista santiaguera.
Nota
Esta exposición estará abierta al público hasta el final del 2024, en el Palacio Consistorial, Dirección de Cultura de Santiago de los Caballeros.