Por Fernando Cabrera
La comunidad académica e intelectual de la República Dominicana atraviesa una crisis institucional tras la investidura de José María Paz Gago como Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. El foco del conflicto reside en el discurso de ingreso del semiólogo y catedrático español, quien presentó una tesis que cuestiona la autoría lírica —mas no la musical— de la emblemática canción "Por amor", pieza fundamental del cancionero nacional tradicionalmente atribuida al maestro Rafael Solano.
Manuel Matos Moquete, Premio
Nacional de Literatura 2019 y coordinador de la Comisión de Lingüística de la
Academia, ha liderado la exigencia de revocar dicha investidura. Matos Moquete,
cuya trayectoria en los estudios del discurso es un referente en el país,
califica el informe de Paz Gago como carente del rigor científico mínimo
exigible en una corporación de tal envergadura. Para el académico dominicano,
el uso de peritajes grafológicos y análisis estilísticos para desplazar la
autoría hacia Manuel de Jesús Troncoso no solo carece de un fundamento
documental exhaustivo, sino que se percibe como una afectación a la identidad
cultural del país.
La solicitud de revocación
planteada por Matos Moquete se fundamenta en la defensa de la ética
intelectual. El académico sostiene que promover investigaciones que siembren
dudas sobre el patrimonio cultural desde una plataforma institucional
constituye una falta de responsabilidad científica. Bajo la premisa aristotélica
de que la dignidad consiste en merecer los honores, el sector crítico argumenta
que el ingreso a una academia no debe utilizarse para desafiar consensos históricos
sin una base probatoria irrefutable. Sin embargo, se ha señalado que las
objeciones de Matos Moquete también deben someterse al mismo rigor documental
que exige a Paz Gago.
Ante la escalada del conflicto,
la Academia de Ciencias emitió un comunicado de desagravio hacia Rafael Solano,
ratificando su autoría exclusiva sobre letra y música, y aclarando que no avala
las conclusiones personales del investigador español. No obstante, el debate ha
trascendido el caso particular de la canción para situarse en una dimensión
universal: el límite entre la libertad de investigación y el respeto a la
verdad histórica y los símbolos nacionales.
Este escenario plantea una
interrogante fundamental: ¿Es función de una academia restringir las áreas de
investigación de sus miembros? Pienso que la misión esencial de cualquier
organismo científico es la búsqueda de la verdad a través del rigor metodológico.
Para que este fin se cumpla, debe imperar la libertad de cátedra, la cual
permite a los investigadores explorar preguntas poco convencionales. Como señaló
Galileo Galilei, en cuestiones de ciencia, la autoridad de mil no vale lo que
el razonamiento de un solo individuo, siempre que esté debidamente
fundamentado.
Si una academia decide prohibir líneas
de investigación por el simple hecho de contradecir el statu quo, corre el
riesgo de comprometer su esencia de autoridad objetiva. Las academias deben
centrarse en el método y no solo en el tema, estableciendo marcos éticos y de
calidad sin ejercer una censura intelectual preventiva. Sin embargo, esta
libertad conlleva la carga de la prueba; la ciencia no es un cheque en blanco
para la especulación, sino un compromiso riguroso con la evidencia y el
contraste de fuentes.
Existe el riesgo de que las
instituciones utilicen su autoridad de forma dogmática para marginar teorías
emergentes. Como advertía Thomas Kuhn, el progreso a menudo requiere la revisión
de paradigmas establecidos, pues la ciencia es un proceso de autocorrección
constante. No obstante, cuando la disidencia se percibe como un ataque a símbolos
de identidad nacional, la reacción institucional suele ser defensiva,
priorizando la protección del patrimonio sobre la apertura al debate.
El filósofo Karl Popper defendía
que una teoría solo es científica si puede ser sometida a la falsación. En este
contexto, lo propio de un entorno académico de alto nivel no debería ser el
silencio impuesto ni la revocación sumaria, sino el debate abierto. La revocación
de la investidura de un intelectual con perfil internacional podría proyectar
una imagen de intolerancia hacia el exterior, afectando el prestigio de la
ciencia dominicana sin ofrecer necesariamente un beneficio tangible a la verdad
histórica comprobada.
En definitiva, el camino idóneo
para resolver esta crisis no es la censura, sino la dialéctica. Lo esperado de
una corporación científica es que la tesis de Paz Gago sea refutada en su
propio terreno: el de la evidencia. Corresponde a los académicos oponentes
presentar sus propios peritajes y estudios que desechen, con mayor peso científico,
las conclusiones disidentes, garantizando así una resolución basada en el
conocimiento y no en la administración, en este caso, de la Academia Dominicana
de la Ciencia.
Como se atribuye a Voltaire, la
defensa del derecho a expresar una idea es independiente del acuerdo con la
misma. La protección del patrimonio cultural, como la obra de Rafael Solano, se
logra mejor a través de la solidez de la verdad que a través del castigo
administrativo. Solo mediante una dinámica de diálogo académico se puede
salvaguardar el prestigio institucional de la Academia de Ciencias de la República
Dominicana, garantizando que siga siendo un motor de progreso y un espacio para
el libre pensamiento fundamentado.
