lunes, 15 de julio de 2013

JOSÉ MARMOL Y SU LENGUAJE DEL MAR

Lenguaje del Mar, José Mármol
Nueva vez henos aquí convocados por José Mármol y el mar de sus ojos, mejor, por las imágenes afortunadas de aguas abrazadas por el sol, arrulladas por la luna y siempre movidas por viento bravo; en fin por estas miradas echadas a las aguas oceánicas por la sensibilidad de este poeta dominicano.

La primera vez que nos emplazó el entrañable poemario Lenguaje del Mar fue en octubre del 2012, cuando aún inédito motivó un reconocimiento de ultramar. Los depurados y translucidos versos contenidos, tomados del zumbido de las caracolas, merecieron el XII Premio de Poesía Americana, prestigioso reconocimiento que anualmente otorga la institución madrileña, Casa de América; situando a su autor, Mármol, en un privilegiado sitial en Latinoamérica, de cara a la antigua tradición literaria de la Madre Patria, coronando sus pasos de proyección en España de su obra ensayística y poética iniciada hace una década a través de Bartleby Editores.


Esta vez nos convoca el poemario mismo, convertido en un bello volumen editado por la Colección Visor de Poesía, una de las más importantes del mercado editorial en habla hispana.  La obra llega en un momento cumbre de José Mármol, toda vez que la Fundación Corripio,  Ministerio de Cultura y un jurado compuesto por rectores de las principales universidades dominicanas, le han otorgado el Premio Nacional de Literatura 2013, el máximo galardón literario del país. Justo es señalar que el aún joven escritor ha recibido este galardón antes que las principales voces poéticas de las dos décadas anteriores, a saber, de la revolución, post-guerra y de los setenta.

Este reconocimiento a toda su trayectoria creativa confirma a nuestro profeta de “ultramar” también como “profeta en su tierra”, validando los preceptos estéticos de su poética del pensar y, sobre todo, también muestra la fortaleza de quienes (por comunión de edades, afinidades de lecturas, contexto histórico y comunión de ideas) junto a él conforman la “Generación de los Ochenta”, esto es, al más nutrido colectivo de escritores dominicanos finiseculares. Mármol, por talento propio, es la cabeza visible de un iceberg de intelectuales contemporáneos que han producido —aunque los críticos del patio apenas lo descubren— uno de los momentos creativos más importante de nuestra historia republicana, con repercusiones, en oportunidad y calidad, a nivel de la mejor poesía actual en el mundo.


En los textos de Lenguaje del Mar se aprecia un cambio de perspectiva, de fondo, en la  poética de José Mármol, pues pasa de una visión centrada en el Ser, en consonancia con Ortega y Gasset, a la celebración del Ser en sus circunstancias. Asimismo, cambios formales importantes se perciben toda vez que los poemas, aunque presentados en versos libres, refieren a una oralidad discursiva natural, más próxima al discurso prosado. Antes su estrategia era presentar su canto mediante bloques prosados acudiendo, sin embargo, a versos interiores de aliento rimado, probablemente medidos subrepticiamente; en esta ocasión, acontece lo contrario, digamos ha escrito prosa en verso, siempre con un alto nivel poético. 


Entre los méritos de Lenguaje del Mar está el de apuntalar un elemento relegado de la dominicanidad: nuestra identidad isleña, de tierra y carne rodeadas de agua por todas partes. Celebrante canta al mar, a su indefectible aura azul: “azul cielo. Azul mar”, porque “Azul es el color de lo serenamente bello, de cuanto se asemeja a la perfección.” (Azul del mar, pág. 29). De manos de Rubén Darío y Novalis, Mármol nos recuerda que también azul es el color con que la poesía dice al mundo, pintándolo de asombro y eternidad: “Allí todo es tan bello que no puede ser real”. 



Ciertamente, su medio centenar de textos constituyen, casi en su totalidad, estampas marinas entrañables: “El mismísimo, eso sí, el inmenso irrepetible/…/ el mar tuyo, el mar nuestro” (Lenguaje del Mar, pág. 13), anécdotas dichas al modo de un viejo marino conocedor de todos los puertos y de todas las veleidades de la vida: “el idioma de las olas del mar te cuenta historias. / La del chamán nativo, la del blanco aventurero, la del esclavo negro de Mandinga/…/Otras leyendas sabes, inscritas en el viento y el reproche.” (Tempestad, pág. 26)
Con fruición alguien nos habla de amor,  temor y furia, en la intimidad que provoca una taza de café recién colado: “Sopla un viento rudo/ sobres  las seis en punto del amanecer….” (pág. 14). Encandila ese sosegado aliento de quien está de vuelta, después de haber remontado las edades y las ideas; que, como buen fabulador, con ternura casi dolorosa, se regodea en describirnos la verdadera esencia de cuanto acontece en el ahora. Sus plásticos fraseos contemplativos desvelan el mar como espejo, como referente inamovible, inconmovible y eterno de lo que en la tierra pasa: “el mar se disipa, interminablemente azul, / en su hermosa paciencia / de abatido animal de la prehistoria” (Costa del sol, pág. 11).  El mar es lenguaje en tanto crisol de confidencias, al contener las biografías de los que en sus aguas se bañan.


La naturaleza (el mar, por lo pronto) alcanza sentido por el hombre: “Qué sería del mar si no fuese mirado y temido por tus ojos”. De igual manera, en biunívoca relación, la humanidad (el humano que es el poeta) existe a partir de su entorno, mucha veces metaforizado como posesión, o bien, como objeto de deseo: “Qué sería de mí sin todo cuanto admiro” (Cuerpo de playa, pág. 12). Hay en muchos de los textos, especialmente en el titulado Naturaleza viva (pág. 62), una aproximación panteísta, porque el mar (maravilloso y terribles a la vez) necesariamente es Dios o al menos lo contiene: “y Dios, entre ola y ola, / espera sin sosiego la próxima jugada maestra del azar.”  (Cíclopes y lestrigones, pág. 32). Mármol reincide con sus tópicos y sentires axiales, así nos encontramos, en el poema Dios, con las furias y demonios de Deux et machina, con su resuello herético e insatisfecho: “Lo grandioso de Dios es su secreto. / El inmensurable hálito de ser y de no ser. / El portento de hacer y deshacer en su misterio…” (pág. 17).
En las metáforas del mar reaparece Dios y, con ambos, la muerte: “Si se detuviera el mar, si se quedara quieto, / como se aleja en la tormenta la luz de los destinos. / Pero, no reposa, nunca descansa el mar”.  Para el aeda criollo, descansar significa no ser. La muerte, que no es opción para el mar ni para Dios, constituye inexorable destino para el hombre. En esta ocasión este leitmotiv se afianza, en tanto expresión de estupor circunstancial (pero sobre todo de solidaridad) de José Mármol, por aquellos que saben partirán prontamente, cual se constata en el poema En andas, en volandas (pág. 44) dedicado a Remedio Ruiz, la entrañable esposa de su hermano poeta Plinio Chahín, ya en la luz después de una feroz batalla contra el cáncer: “Entonces, / vivir o morir, en andas o en volandas,/ podrían ser dos pájaros amarrados a un vuelo/ en procura incansable del verbo amanecer.” Igual hondura emotiva aparece en su poema Desconcierto (pág. 47), en el cual la persona amada que ahora parte es su padre: “Mi padre amanecía con el sol en mi ventana. / Otra vez los pájaros que perdieron su cielo. / Otra vez el instante de aquel último suspiro. / La mirada tan suave, amorosa, comprensiva, / cuya luz se apagó atrapada entre mis dedos.”


La preocupación antes referida de asociar el mar a la identidad dominicana se siente en poemas como Amor fugaz de puertos y astilleros, en verso como: “El atlántico es un puerto diminuto, brilla como la plata de mis ancestros, / huele a caña, a sudor, a ron de juerga” (pág. 25); asimismo en los poemas Boca Chica (Ready Made) y Sanquipanqui (págs. 31 y 41, respectivamente), los cuales contienen retratos vivos de pintorescos personajes criollos (varones y hembras de pieles broncíneas) que pueblan las playas en procura de sustento y visas para soñar.

Similar aproximación a nuestra anatomía erótica aparece en el poema Rapsodia Tropical, en el que una soberbia mulata gozosa sin pudor se contonea, menea sus carnes como olas: “Ondulatorio, si. Ondulatorio eso. Descomunal el fuego anudado en sus caderas.” Igualmente folclórica, aunque esta vez rozando lo grotesco, es la caricatura de nuestra condición insular y tropical, perfilada en el poema Agosto 22 (pág. 45) a partir de la paradoja de un sentido temor por uno de los tantos huracanes tropicales que usualmente nos azotan, los cuales en definitiva representan una fuerza catastrófica menos letal que el pandemónium de corrupción e impunidad que cotidianamente nos arropa: “La nación sigue presa de rufianes y farsantes; / en la tele resucitan los payasos del poder. / Esperábamos la fuerza vital del huracán. / Esas ráfagas tenían un aire de salvación.” 


Nueva vez José Mármol se solaza en el Eros, se aventura por el mar de los sentidos, por la irresistible belleza de su serenidad concupiscente, por la “la inocultable memoria de un deseo” (Cuerpo de playa, pág. 12). Lo sexual se expresa con posmoderno desparpajo, con insólita libertad aun para la poesía, principalmente en el texto titulado Autoerotista (pág. 60), en el cual el “coito” se realiza virtualmente, a través del teléfono, en sublimación onanista: “Me excita la fragancia de un vocablo soez. / Soy carne temblorosa, hechizo del pudor, / y mi voz no es la voz / soy yo misma estremecida en la yema de tus dedos./…/Soñé que moriría en la fiebre de sus pechos, / sin saber de qué flanco provenía su voz.”

Ciertamente, el poeta celebra el Eros y a la mujer, esta vez encarnada en sirena  (“un portento de concupiscencia”) que convoca al placer, cual se aprecia en el poema Boca Chica (Ready Made) ya referido. Sin embargo, Mármol en vez de abandonarse sin límites por la piel deseada, en ocasiones retrae, contemplativo, su sensibilidad. La mujer, indudablemente querida, aparece como propiciadora de pequeñas muertes cotidianas acicateadas por las inevitables rutinas que acontecen en el breve metro cuadrado de convivencia. Este abordaje crítico —de las luces y sombras de la relación de pareja— constituye una primicia en su extensa producción poética.

Los litigios de su amor se aprecian en poemas como Enojo, cuando nos confiesa “He descubierto a solas un erizo en la playa./…/Más allá de la frágil hermosura que lo encubre, /un erizo lastima, no importa los motivos. / Una mujer embiste, no importa cuánto amor le prodigues en la pelvis, / no importa siquiera si importaran los motivos.” (pág. 21).  Igual tono beligerante aparece en el texto Agravio (pág. 51): “Una mujer esconde, en sus adentros, / un miedo a los trapecios, a las simas, los caminos, / una fiera salvaje que domesticar. / Una mujer se traga los vinagres de su pena, / prefiere los abismos a las puestas de sol”.  En similar tesitura de despechado amor está concebido el poema Turno del ofendido (pág. 63), como muestran los versos siguientes: “Si el amor te brotara como te brota el odio./…/Si del mar me hablaras, habitante de tus ojos, /  aún fuera en angustia de domingo por llegar./…/Si el amor te brotara como supura el odio en tu mirada.” En fin, versos de desamor, como para dejarnos arrobar por el aroma y ritmo etílico de una bachata.



En el poemario Lenguaje del Mar no todo es mar, memorias hay de otras instancias. En numerosos textos el poeta hurga en el baúl de sus recuerdos más caros, conjugando otros contextos, otros tiempos y otros seres. Así en el poema Casa recupera anécdotas de su infancia provinciana, mientras que una nostalgia viajera fluye  en el poema Rues Saint Honoré (pág. 36), palpable en los versos: “Sabe mejor el chocolate si el invierno azota / en las esquinas húmedas del centro de París. /…/ Sabe mejor el chocolate si es verano, si es en casa”; asimismo en Promesa (pág. 54) cuando expresa: “Nieva en Berlín, estoy lejos de casa,/ la blancura de afuera deja en su despedida / un susurro de promesa que no pudo cumplir”. En Why not (pág. 38) también aflora esta inefable melancolía por el origen; la escena acontece en un lugar extraño, el Club Blue Note de Manhattan en New York, pero el protagonista, Michell, que hace divagar la imaginación a través de sus variaciones jazzísticas desde las frialdades del norte hacia las costas soleada del Caribe no es foráneo, pese al nombre adaptado al acento anglosajón; se trata de Michael Camilo quien, como Mármol, es dominicano de pura cepa y hasta la muerte: “Que de mi tumba el mar Caribe sea.” (Ocaso, pág. 52).

El mar ha hablado a través de su médium, José Mármol, ahora toca a cada uno de nosotros bañarnos en sus cálidas palabras preñadas de imágenes deslumbrantes y sentimientos.


© Fernando Cabrera


domingo, 23 de junio de 2013

LAS CLAVES EN EL MAPA AL CORAZÓN DE CARLOS ROBERTO GÓMEZ BERAS

Portada del poemario Mapa al Corazon del Hombre, Carlos Gómez, Isla Negra Editores

Para aquellos apegados a objetividades, nuestra capacidad de accionar y reaccionar ante las circunstancias anida en el cerebro. Aun siendo esto un hecho científico irrefutable, lo cierto es que aún muchos preferimos preservar la hermosa metáfora del corazón como motor de las esencialidades que nos hacen especiales entre los seres vivientes.
 
En realidad, la humanidad siempre ha estado a gusto con las bondades simbólicas insustituibles del corazón. Vale recordar que nuestros ancestros lejanos —y aún los últimos caníbales caribeños— ofrendaban o consumían los corazones de sus guerreros, para contagiarse de sus cualidades extraordinarias. Nos importan las cosas del corazón por el simple hecho de que si éste deja de latir indefectiblemente perece. El cerebro puede sufrir algunas atrofias terribles y seguir funcionando aunque queden inhabilitadas algunas de sus capacidades críticas, pero el corazón jamás puede abandonar, si no para morir, su única función orgánica de bombear sangre oxigenada hasta cada una de nuestras células.
 
Con sobradas justificaciones, el cerebro puede considerarse centro (¡cuánta tentación de decir “ considerarse corazón”) del cuerpo  que lo cobija. Mas, el alma, esa etérea entidad que los versículos de Dios y los versos del hombre nombran, dueña de nuestra aspiración de eternidad, pertenece exclusivamente al corazón. Y es que ese simple órgano, músculo débil ante las tentaciones y las virtudes, se transforma en indomable acero cuando el Ser que lo contiene lo requiere. Basta una amenaza a su integridad, un intento de acorralarlo, para que a fuerzas de acelerar su paso,  inunde de adrenalina el torrente sanguíneo, desatando una furia insospechada y un desinteresado amor que todo lo puede.
 
El mayor tesoro para nosotros es, pues, el corazón; tanto por lo que anatómicamente hace, como por lo que simbólicamente representa. A los tesoros —y esto lo saben Francis  Drake y los demás piratas—, sin importar si son tangibles o inmateriales, hay que cuidarlos. De ahí que deban estar convenientemente camuflados. A más preciados los tesoros, como el corazón, mayores han de ser las salvaguardas contra todo tipo de codicia; más recónditas, herméticas e inextricables, las fortalezas y los códices que los guarden. Enterrarlos siempre será una buena opción, pero también confundirlos entre baratijas puede despistar a ojos intrusos.  La estrategia adecuada (y para determinarla no hay necesidad de recurrir a  Maquiavelo ni a Sun Tzu en sus artes del poder y las guerras) será la que mejor acomode a cada quien, según sea su personalidad discreta u osada, pasiva o agresiva.
 
Carlos Roberto Gómez Beras, es de los últimos; desde su piel de león, apremiado por una salvaje —y a la vez ingenua— valentía,  nos reta a llegar hasta su corazón que, en su poemario “Mapa al corazón del hombre” poesía 2008-2012, ha camuflado tras lo evidente. No sin malicia, en manos conocidas y extrañas, ha depositado las cifras hacia su esencialidad más cara. En bandeja nos ha brindado una guía completa, un cuaderno de bitácoras atiborrado de letras sobreimpresas, subrayadas, en itálicas y con fulguraciones palpitantes de neón. Obvio, trampas hay. No obstante la provocativa transparencia de sus versos breves, coloquiales, del prosaísmo ocasional en su aliento figurado, el autor obliga a un arduo peregrinaje de signos regados en las entrañas de las grandes islas caribeñas de su lengua, a ser superado sólo por los más aptos.

Los que opten aventurarse por su sensibilidad deben evitar, cual me ocurrió inicialmente, la natural tentación de prestar atención únicamente a las manifestaciones de su habla, necesariamente boricua porque en esa tierra del edén su pasión poética tuvo origen. Como veremos adelante, otras raíces hay que cruzan los mares.
 
En cuanto a lo primero, es claro que la pertenencia de este poeta a la tradición literaria puertorriqueña no sólo es inevitable, también imprescindible. Basado en una lectura comparada de este poemario con parte de la producción Letra viva: Antología, 1974-2000 publicada por la Colección Visor de poesía, del excelente poeta puertorriqueño —amigo por demás— José Luis Vegas, me atrevo a sugerir algunas características que Carlos Gómez puede haber heredado de su patria de domicilio: lírica breve, discreta celebración erótica, melodiosa picardía atenta —con posmoderno fervor— a las cotidianidades; numeraciones, definiciones (como eco de una academia vital) y acumulaciones emocionales a flor de piel; asimismo, la reivindicación ocasional de recursos clásicos como la rima;  la valoración poética de objetos, lugares y atmósferas; y un fraseo coloquial (que, en el caso de Gómez, rehúye a la coma). El poeta adiciona un decir políglota (hay varios poemas escrito o traducidos al inglés en esta publicación) común a muchos poetas actuales, incentivado acaso por la dinámica sociopolítica de la isla. Veamos un poema que, entiendo, manifiesta algunas de las características referidas:

A mi patria de dulces costumbres urbanas
A mis sótanos más húmedos
a mis esquinas prohibidas ha llegado una mujer que no conozco.
Su cuerpo es un largo territorio
de donde no regresaron
aedas, ilusionistas y chamanes.
Sus ojos son dos pozos
donde reposan confundidas otras almas.
Tal vez
ella es la pesadilla
que de niño presagió la caída,
el golpe y la cicatriz.
Tal vez
ella es el sueño
que de adolescente anunció el goce,
el licor y los buenos amigos.
Nunca lo sabré
(estas cosas  están vedadas
a los hombres que aman).
Quizás lo sé
y por eso, en vano, he mentido.

(La extranjera, poema  de la primera parte titulada “Las coordenadas del beso”)
 
Tampoco los ojos del lector, al buscar las claves de la poesía de Carlos Gómez, han de posarse  exclusivamente en los trazos de las utopías ideológicas —adornadas incluso con nombres de revolucionarios sonoros— del antiguo sistema socialista aún arraigado en la exótica isla de Juana. No deben dejarse distraer por los atractivos sepias en las paredes de las estampas suspendidas en los años cincuenta; ni obnubilarse con la exuberancia de su barroco universo africano y judeo- cristiano, ni con las armonías de sus trovadores expertos en acomodar sus cuerdas vocales al rasgueo de acústicas guitarras romanceras; tampoco con la irresistible luz que juguetea sobre las broncíneas curvas de sus diosas blancas, negras y mulatas:

PRÓLOGO


Conocí a Yemayá
en un autobús de La Habana.
Ella iba a un encuentro con dios.
Yo, a un diálogo con el infinito.

1

La casa de Yemayá
tiene dos balcones opuestos.
Desde uno ella observa el cuerpo y sus caídas,
desde el otro, las migraciones del espíritu.

2

Yemayá tiene tres jardines.
La niña que domestica los Hexámetros.
El arcoíris que conduce las Leyes.
La cicatriz que deja la Utopía.

3

Yemayá habla el idioma de los ausentes.
Sus “emes” se estiran como gatos imposibles.
Sus “erres” abren surcos en la tierra nocturna.
Sus “eses” se deslizan como húmedas serpientes.

...

11

Yemayá y yo llegamos una tarde
a la cima de La Cabaña.
De un lado se escribía el poema de la ciudad
y del otro se cantaba el océano de la poesía.

EPÍLOGO
 


Conocí a Yemayá
en un autobús de La Habana.
Ella se bajó en el Malecón para subir a Ávila
y yo continué de regreso al olvido.


(Fragmentos de 14 Romances imperfectos contenidos en la tercera parte del poemario titulado “Pequeños cantos de Yemayá”)

También es necesario —aún más, urgente— seguir la trayectoria del sol y los rastros de sal en las olas y en las arenas extremadamente blancas de las playas orientales de Quisqueya (media isla de identidad rumbera y dicharachera fatalmente agraviada por sátrapas y demagogos), en donde el poeta jugueteaba en sus años de infancia. El lector debe hacer esta tarea genealógica para comprender el origen del minucioso plan con el cual fueron concebidos estos poemas, deuda adquirida con la tradición de poetas dominicanos fanáticos de Homero, Whitman y Neruda (“Ay, nosotros, los de entonces, / ya no somos los mismos”, cita nerudiana del poema 2:25 A.M) que aún procuran por separado —a principio de la tercera edad del planeta— escribir la última epopeya; que atesoran horas eternas definiendo, en sus mismos versos, variopintas teorías poéticas, y se regodean en extensas elucubraciones, tanto líricas como épicas, en las que sueñan con organizar el caos material y espiritual del mundo posmoderno. En definitiva, herencia dominicana en Carlos Gómez es su intención de dotar de estructura y aliento sostenido su poemario, palpable incluso en conjuntos de poemas breves como los romances de Yemayá ya citados(vale destacar en estos romances las gratas resonancias de los textos de Yelidá, extraordinario poema extenso del santiaguero Tomás Hernández Franco). A continuación un fragmento de un poema escrito a partir de la nostalgia de su lar natal:

Este poema
pudo haber sido una piedra
lanzada al río.
Sus verso, espuma blanca en el agua verde.
Sus silencios, hojas detenidas bajo una rama.
En la corriente, nosotros y ellas,
éramos peces sin sexo
cubiertos de una sola escama
tostada, desnuda, lúdica.
El pueblo era un gesto
que se abría sin tregua
hacia una primavera infinita
de caballos silvestres que a su paso
olvidaban esmeraldas húmedas y tibias,
de panes que nacían bajo la leña
con un hilo umbilical como niños tiernos,
de vinos domesticados en oscuras botellas
por una mujer mansamente abuela,
de bares donde Serrat era una voz anónima
que unía hombres rústicos y mujeres en celo,
y de dos ríos que se encontraban
en un abrazo milenario
mientras salpicaban sus nombres:
Seibo… Soco… Seibo… Soco…
hasta que la cópula de un embudo
fresco y claro
los hacía uno para siempre…

(Fragmento del poema titulado El río es un poema que nos escribe por dentro…  que inicia la parte VII, y última, que nombra al poemario)
 
En fin, las claves poéticas de Carlos Gómez hay que buscarlas en Puerto Rico, Cuba y República Dominicana, las tres antillas hispánicas. Este poeta, reitero, ha tomado de la primera el lirismo de los diálogos urbanos y cotidianos; de la segunda, la pasión social, marxista a veces, y el sincretismo de creencias; de la última, pero no menos importante, su inclinación al arduo oficio y a los símbolos, al esfuerzo estructurado, a las composiciones de largo aliento. Conocer estas claves, sin embargo, no finiquita el peregrinaje del lector, la búsqueda del camino correcto a las interioridades del poeta.  Aún debe viajar a otras emociones viscerales y recuerdos, visitar de sus manos, ciudades continentales, exóticos bares, habitaciones y atmósferas foráneas; también amar con él mujeres entrañables que signaron de placer y ternura su sensibilidad. 
 
El lector ha de descubrir, más allá de los referentes geográficos, la apropiación que hace el poeta de pensamientos de mayor universalidad, que abren ventanas interiores de raigambre filosófica (cual atestiguan los textos  de la parte nombrada Seis Postcards, enviadas desde ninguna parte y sin destinatario preciso) que invitan a reflexionar acerca de tópicos axiales como el amor, los ideales, el pasar del tiempo y la muerte. De ahí el aire vago, genérico, que los títulos de este acápite desprenden: “Desde lo que rectificamos”, “Desde lo que creemos perdido”, “Desde lo que no existe”, “Desde una frontera que es caricia”, “Desde el paréntesis de los labios”, “Desde lo que nos hace regresar”. Hablamos de poemas que contienen, como caleidoscopios, pedazos de memorias, ristras de una autobiografía emotiva sin fronteras de un poeta que confiesa estar de vuelta en todo. 
 
Es evidente que Carlos Gómez tiene alma de narrador, no por la prosa poética presente en algunos textos incluidos en la sexta parte de su libro, titulada “Glosa, prosa, verso, poesía”, sino por su vocación de ir contextualizando, mediante descripciones secuenciales de hechos y atmósferas, objetos y perfiles de caracteres. No escatima letras para llevar el lector, como en los cuentos, al clímax. También es notoria la condición de editor del poeta, palpable en la bien cuidada factura del volumen y en el acierto de elegir para la portada una excelente fotografía, autoría de Pascal Fallot, de unos fantasmales rieles de tranvía eléctrico que recogen la nostalgia de los poemas, tanto en sus tonalidades grises y azules de la primera piel, como en los ocres pasionales de la piel oculta.
 
En definitiva, conquistando o no todas las claves puestas por el poeta, por muchos motivos, resulta un reto agradable abordar este Mapa al corazón del hombre, toda vez que se lee de un tirón, al ritmo que, en mañanas y atardeceres fríos, impone una humeante tasa de café o chocolate.

©Fernando Cabrera

 

 

 

 

sábado, 15 de junio de 2013

PREMIO DE LA CRÍTICA a la obra "Santiago de los Caballeros, visiones y latidos de la Ciudad Corazón"




La obra “Santiago de los Caballeros, visiones y latidos de la Ciudad Corazón” fue reconocida con el Premio de la Crítica 2012 “publicación especializada en artes visuales”.
 
Este importante galardón fue otorgado en la XI Edición de los Premios de la Crítica por la Asociación Dominicana de Críticos de Arte (ADCA), en colaboración con el Programa APEC Cultural, en acto celebrado en el Salón José María Bonetti-Burgos de la Universidad APEC este viernes 14 de junio de 2013,en homenaje al centenario del nacimiento del Poeta Nacional Don Pedro Mir, miembro fundador de la ADCA en 1981 y primer presidente de la asociación.
 
La ceremonia estuvo encabezada por el actual presidente de la ADCA y Vicepresidente de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), Lic. Carlos Acero Ruiz, acompañado por el Arq. Gamal Michelén, la Lic. María Elena Ditrén, la Lic. Myrna Guerrero y la Arq. Guadalpe Casasnovas, miembros del Comité de los Premios de la Crítica.

“Santiago de los Caballeros, visiones y latidos de la Ciudad Corazón”, obra editada y prologada por Fernando Cabrera, fue impresa en marzo de 2012 por la Editora Nacional en los talleres de Amigo del Hogar, por iniciativa del Lic. José Rafael Lantigua, entonces Ministro de Cultura.
El diseño de la obra estuvo a cargo de Ana Svethania Gómez, en tanto los textos fueron realizados por Edwin Espinal, Danilo de los Santos, Carmen Pérez, Enegildo Peña, Petruska Sméster y Rafael Emilio Yunén.
 
Fue responsabilidad de 35 artistas del lente, fundamentalmente integrantes del Grupo Fotográfico de Santiago (GRUFOS) recoger, en más de 350 imágenes memorables, la identidad natural, histórica y cultural del primer Santiago de América, a saber: Herminio Alberti León, Vinicio Almonte, José Antuñano, Domingo Batista, Ricardo Batista, Abel Cruz, Juan Durán, Manuel Félix, Oliver Flambert, Manuel Flores, Wifredo García, Walder Gómez, Josué González, Anthony Grullón, Abraham Khouri, Alfonzo Khouri, José Lama, Octavio Madera, Ramón Marrero, Pedro Martínez, Edwin Mendoza, Leandro Montes, Carlos Núñez, Fausto Ortiz, César Payamps, Narciso Polanco, Natalio Puras Penzo, Fernando Puig, Felipe Román, Francisco Salguero, Amauris Suárez, Félix Sepúlveda, José Enrique Tavárez, Ray Víctor y Luis Veras.

domingo, 7 de abril de 2013

Gracias, Adrián, por tu poesía.

Adrián Javier
 
Oscura luz para un bolerista esquizoide

“Sólo creo en los seres que viven como si estuvieran agotándose”

Friedrich Nietzsche

            Intenso, pasional, Adrián Javier[1], con precocidad se sumó al nutrido grupo de creadores que emergió en medio de las décadas finiseculares. Este  activo militante de la Generación de los Ochenta, con su pinta de pelotero pero con la melosa sensibilidad de bolerista, tanto desde la dedicatoria de su primer libro “El oscuro rito de la luz” [2] en la cual convocaba: “a los que cada día pierden el sentido de ubicuidad”,  como del epígrafe de inicial de esta aproximación crítica (contenida también en su primer poemario), hasta el título de su segunda obra Bolero del esquizo[3], ha dado muestra de su preferencia por los estados alucinados (de desarraigo radical) del espíritu; incluso aún en sus bullangueras aspiraciones de felicidad terrena, como se aprecia en la frase: “Estos textos son el resumen de un amor y una huida”, colocada en el prefacio del último texto citado. Si bien, devoto de lo sensorial, de la libido, frecuentemente opta por introspecciones reflexivas, cual si en lo visceral —donde habita su alter ego, su otredad—, silenciados los estímulos epidérmicos, le es más fácil lidiar con sus demonios.

            Ciertamente, Adrián Javier aborda en sus textos tanto la reflexión ontológica como las vivencias cotidianas. Desde los límites de lo existencialista y metafísico, su estilo ha derivado acertadamente a los matices transparentes de un decir coloquial en el que aún pueden dirimirse en amplitud los avatares de la vida y las implicaciones de la muerte; abordando con gracejo cada manifestación o detalle, aún trivial, vagabundeando por cada palabra y cada tópico sin preocuparse si entra, o no, dentro del canon usual de lo poético. Su equidistancia de la erudición y de lo cotidiano rampante (digamos, esta neutralidad afortunada), parece propicia para la pregunta que muchos diletantes se hacen con respecto a los poetas ochentistas: ¿a cuentas de que viene, de forma concomitante, tanta necesidad de conceptualización, tanta urgencia de instaurar teorías poéticas a través de los versos? La respuesta no luce simple ni automática.

 Dada la relación de acción y reacción que hemos aprendido de las leyes de la física, habría que determinar cuáles elementos de la sociedad impulsaron a los autores finiseculares emergentes casi al ostracismo conceptual: ¿Saturación de un discurso poético precedente populista en demasía? ¿Ruptura de las identidades inmediata por la afirmación en el mundo del concepto de aldea global? ¿El estrés, la caída de los mitos, la pérdida de la esperanza en la justicia, o la imposibilidad de fundar paraísos en la tierra? ¿Respuesta a un esquema de insensibilidad de los contemporáneos a toda preocupación intelectual, fruto de una elaborada estrategia de los gobernantes de ponderación de la ignorancia, de la mediocridad en las masas —refiriendo profanamente a Ortega y Gasset y José Ingeniero—, como forma de viabilizar la sumisión ante el poder? En un examen de respuestas rápidas escogería, sin dudas, todas las anteriores; pues ante tantas fragmentaciones y destrucciones, a estos poetas les tocó repensar el Ser (y con esto la razón de la existencia) acaso por todos aquellos que jamás lo hacen.

Heidegger se pregunta: ¿Qué es lo gravísimo y como se manifiesta en nuestra época grave? Su réplica resulta, a primera vista, escandalosa: “Lo gravísimo de nuestra época grave es que todavía no pensamos”[4]. Quizás el contexto ideal para planteamientos de esta naturaleza debió (y debe) ser la filosofía pura, pero no existe tradición de filósofos en nuestro país de letra. No únicamente los filósofos, también ensayistas y pensadores metódicos de cualquier naturaleza resultan flor de excepción; mientras, concomitante y extrañamente, abundan los poetas, de ahí que estos asumieran el reto de “pensar”. Para volver la mirada a las contingencias de todos los días tras los fatídicos años de postguerra, para restituir la sensibilidad ante el asombro que subyace en lo ordinario, hubo necesidad de retornar de la exterioridad a la interioridad, de lo social al individuo.

Nuestros poetas finiseculares (en consonancia con Heidegger cuando expresa: “Si la osadía del pensar se origina en la exigencia del Ser florece entonces el lenguaje del destino”) asumieron la responsabilidad de hacer florecer “el lenguaje del destino” a través de sus fabulaciones, para ser y pensarse plenamente desde el asombro, desde la palabra expresada en todas las formas y contenidos posibles; restituyendo, para el tiempo presente y  la memoria, el sentido y valor de humanidad con la racionalidad (pese al riesgo del exceso conceptual hasta el hermetismo), y también con la emoción trascendida, en orden de alcanzar —y esta es la utopía— algún nivel decoroso de equidad y justicia, de convivencia...

En fin, retomando la obra creativa de Adrián Javier, justo es destacar su temprana vocación por la formulación orgánica de sus libros, lo que implica (aunque el mismo poeta difiera de esta apreciación) conciencia de oficio[5], dada la perseverancia y el conocimiento de la lengua demandado por este tipo de estrategia de aliento sostenido[6]. En ambos poemarios analizados se aprecia una decisión firme de crear una fluida y coherente propuesta, donde cada página, cada breve conjunto textual (siempre innombrado en su primera obra y en impersonal secuencia numérica en la última)[7] resulta consecuencia lógica de los elementos previamente propuestos. En los textos de este poeta ningún verso luce aleatorio, contrario al hacer epocal de poemarios formulados bajo premisas de densidad y síntesis (causantes, en ocasiones, de fragmentación extrema, hasta plantear los libros como temible caja de Pandora o estante de supermercado, toda vez que al pasar la página el lector es incapaz de inferir lo que en tema y tratamiento deviene); Adrián Javier se preocupa, afortunadamente, en la definición de una atmósfera de conjunto peculiar, en un cosmos figurado fácilmente aprehensible, para llevar las posibilidades temáticas escogidas hasta sus últimas consecuencias.  

1        Oscuro rito de la luz     

No por un impulso tipo complejo de Edipo, puesto que el no convivio directamente la confrontación radical con los poetas de postguerra; pero acaso por fogosidad de juventud, Adrián Javier, también fue responsable de la decapitación paterna, al asumir la bandera del discurso finisecular, de renovación expresiva atinente a la esencialidad del ser humano y de la misma poesía; unas veces con  desgarros ontológicos y otras con una cotidianidad contra corriente (de hecho, a Dios gracias y pese al ateísmo cantado, hay más diversidad de estrategias escriturales en los ochenta de las que regularmente se piensa y conceden ciertos analistas). 

Así, en El oscuro rito de la luz, el poeta danza con desparpajo, de forma vertiginosa, sobre los contrarios claridad-oscuridad[8], en donde las sombras, o tinieblas, están expresadas mediante una sintaxis, vocabulario, ritmo y tono complejos y densos; mientras lo luminoso se percibe apenas como metáfora en tanto aspiración de catarsis existencial. El poeta, tempranamente seducido por el ímpetu generacional de transgresión de lenguaje, apela a sorprender la sensibilidad del lector mediante la extrañeza de desviaciones sintácticas y el uso incorrecto de las normas gramaticales, asumiendo para su discurso poético el imperio de las minúsculas y una escasa utilización de los signos puntuación (la cual sustituye por espacios en blanco); también recurre a la práctica de recostar el aliento expresivo propio en profusas referencias transtextuales a escritores consagrados como: Cintio Vitier, Freddy Gatón Arce, Roberto Juarroz, Goethe, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, etc., acaso para contar con algunas salvaguardas intelectuales que potabilicen sus provocaciones, sus insurrecciones.   

En El oscuro rito de la luz encontramos los lugares conceptuales comunes ochentistas (existencialismo, metafísica, apostasía, etc.), expuestos, en esta ocasión, mediante un extendido monólogo lírico, del deambular de una voz, en primera persona, a través de los múltiples estados o ánimos del Ser, ocupada, no sin masoquista placer, en rumiar su propia desgracia y la ancestral vacuidad: “¿quién calambrea a orilla de esa torre inútil / de ese indeseable marco descifrado? / ¿quién baja los hombros a semejanza de ninguno? / ¿quién agazapa la membrana certera? / ¿quién huele ese paso vomitado? / ¿en qué ojo mira la soledad su sombra?”. El ritmo de los versos es acompasado, entrecortado, cual si cada uno esgrimiese un silogismo definitivo, una verdad irrefutable.

Entre los textos de este denso poemario pulula omnipresente la muerte como concretización dolorosa de la desavenencia surgida entre Dios y su imagen: “hay un azogue de ríos estelares / desmuere el diente de la historia en Edén / sonámbulo hastío testimonio testamentaria oquedad / ¿adónde canta absurda su mortaja la coqueta? / ¿qué se espera de la muerte? una noche amarga / una desolada soledad que nos anega y comprime / baja sube acosando tu mano de culpable”.  Claro, el que canta es un Adán pecador, mas no arrepentido: “la canción del odio  uníos  dijo el Señor en mis legañas / el ateo es santo que camina”. Al contrario, no obstante mortal este hombre genérico se ufana sarcástico, radicalizándose al decir: “soy la azarosa saliva de Dios”. Sin embargo, la rebeldía es solo aparente; pronto, en tanto humanidad, reconoce su impotencia cuando, a modo de suspiro, expresa su aspiración de felicidad terrena: “intento decir que temo apagar la luz / ver de cerca y ver de ser / estar atado o no y vivir”. 

El poeta criollo realmente entiende que ninguna acción remitirá, cuando finalice el tiempo, a la original y luminosa armonía: “el pez cruel abigarra las piernas / se somete al juicio descabellado de Dios”. Su continuo apelar a la herejía se nutre, no del descreimiento, sino del resentimiento; de ahí que, reconociendo su humana impotencia, entienda que la única forma de detener el absurdo tránsito pautado por la Divinidad es apurando, como Sócrates, la venida de la muerte: “mi cabeza  por la daga rueda”. (Al menos, una prerrogativa para el hombre, toda vez que no puede evitar  la muerte,  tiene en su mano la posibilidad de apurarla). Para el poeta, Dios se entretiene tejiendo y destejiendo infinitamente el destino de los hombres, de ahí la paradoja impuesta de contrarios (oscuridad-luz) y la cinética del tiempo circular que parece regir lo eterno: “¿que hemos dejado atrás sino la partida? / he llegado al punto del inicio sin saber donde comienzo”.

2        Bolero del Esquizo

En Bolero del esquizo, distante de su poemario primero, su estro divaga mundano, cotidiano, transparente, festivo, cercano (según el poeta Tony Rafúl, en el prólogo de la obra) a Lautréamont quien “pedía que la poesía fuera un fenómeno diario que pudiese ser firmada por todos”. Su acierto en desarrollar o asimilarse, en esta ocasión, a una poética del habla es también destacada por Manuel García Cartagena: “Adrián Javier había mostrado las fibras que componen su telar textual, alternando prosa y versos cuajados de imágenes generalmente bien logradas. Por su oficio de publicista, Adrián Javier se incluye en la lista de poetas que gravitan en torno a un quehacer verbal directamente ligado con una cotidianidad colectiva tomada subrepticiamente por asalto; como si se quisiera dar la razón a Nicanor Parra, quien en nuestra lengua, proclamaba en los años 60 que la publicidad era el último reducto de la poesía en las sociedades de consumo.”[9]

Treinta y siete poemas de amor y un apéndice solidario (Humo en tus ojos de espuma y mar afuera, escrito por René Rodríguez Soriano) conforman su Bolero del esquizo, en los cuales el poeta ha renunciado — y, por lo visto en sus libros recientes, para siempre— a recursos de intertextualidad directas, prefiriendo, cuando requiere apelar al universo creativo de otro autor, en lugar de citas explícitas, una  vinculación indirecta, a modo de referentes metafóricos. De este modo, para destacar un estado de ebriedad nocturnal, acomoda al verso propio el espíritu bohemio de un conocido trovador: “ahora viene Amaury de la casa del agua”. Así, para delinear una Habana recostada en el océano Atlántico paradójicamente grande y derruida, recurre a la sensibilidad de quien la ha amado más: “porque todo de mar / es este horror azul que amó Martí”.

Esta obra como el género musical que refiere, el bolero, aspira a una identidad emocional caribeña. Escrito en Santo Domingo (donde nos refiere a la realidad estéril de todos los días) y en La Habana (como destino de ensoñación, igual que en la novela He olvidado tu nombre de Martha Rivera); recoge, desde sus textos iniciales, diversos giros lexicográficos del español característico de ambas capitales, como se aprecia en la siguiente expresión atrevidamente prosada: “Trasnocho tu amor barato de búho sonoro con una / jarra por rojiza y una jota impar y bullanguera / que heredé de las sombras”. Extraña descubrir que su tropical cancionero no está dedicado (cónsono con la vocación romántica del género musical al que apela) al “amor temprano y tardío”, a esa muchacha que tan efusivamente refiere en imágenes y que recuerdan la tórrida fauna y flora de Enriquillo Sánchez: “viene de mañana amarillo / mira mi reloj y vomita sus horas / dice no me gustan las pasiones”. No, la obra está íntegramente consagrada a la nostalgia sentida por el poeta en la distancia por su lar de origen: “yo sólo tengo pájaros pobres papá / para domar tu ausencia por eso te ofrezco / un Martini seco y este bolero Esquizo para brindar / desnudos en esta mañana humeante de palabras / desabridas para que seas siempre como eres”. Claro para saudades y melancolías, para no olvidar los vínculos idos, revivir emociones y otros remedios, perfectamente sirven los boleros.

            Los textos de este poema-libro, por su transparente fluir, emotiva calidez y espontaneidad, aseguran febriles lecturas de los lectores comunes, e igualmente decididas incomprensiones de colegas que exigirán, para reconocerle calidad literaria trascendente, mayores complejidades (y menos prosaísmo). En definitiva, este romancero o testamento de ingenuidad, es de intención de fondo menos ambiciosa que El oscuro rito de la luz, pero perfila claramente su personalidad de autor capaz de asumir riesgos en cada obra, diferenciando y enriqueciendo su estilo. El acento provocador de Adrián Javier no admite indiferencias al convocarnos, desde su geografía urbana cercana o exótica, abigarrada o sola, a la ternura; como cuando, comprometiendo a quien lee, dice: “no nos iremos definitivamente /.../ nos quedaremos eternamente en estas páginas.”

 
(*) De mi libro "Ser poético. Ensayos sobre poesía dominicana contemporánea". Editora Nacional, Santo Domingo, 2012. Pags. 255-263


[1] Adrián Javier  (Santo Domingo, 1967)
[2] Premio de Poesía Casa de Teatro 1988.
[3] Premio Nacional de Poesía 1994.
[4] Heiddegger, Martin; ¿Qué significa pensar?, Buenos Aires, Nova, 1958, p. 11, Traducción de Heraldo Kahnemann; referido en el ensayo “Habitar el asombro” de Crescenciano Grave, Signos Filosóficos, núm. 5, enero-junio, 47-63, Universidad Autónoma Metropolitana de Iztapalapa, México.
[5] A la pregunta de Faustino Pérez ¿Qué es más importante para ti: la inspiración o el oficio y la técnica?, Adrián Javier responde: “Para mí, escribir no es un oficio. Es una forma de ver y sentir el mundo.” “La verdadera aventura del hombre es el olvido”, Diario Libre, 26 de junio de 2007.
[6]José Mármol, en más de un prólogo a textos extensos de diferentes autores, en este caso del Hombre deshabitado de Reyes Vásquez,  ha señalado: “El poema extenso bien logrado, ya se sabe, es siempre hechura de poetas que están, o por lo menos se acercan, a su madurez creativa.” Citando a seguidas ejemplo de esta estrategia en la tradición moderna: “Mallarmé, Huidobro, Eliot, Pound, Cernuda, Pessoa, Gorostiza, Gerbasi, Valéry, Césaire, John Perse, Paz, Mieses Bur­gos, Ivo, Hernández Franco y demás. Todos ellos autores de textos poéticos a la vez alongados y densos, plásticamente bellos y discursivamente complejos.”
[7] Manuel García Cartagena, de forma similar se refiere a su estrategia en el poemario Erótica de lo invisible: “El poema de Adrián Javier se desprende, bajo la forma de un texto único artificialmente segmentado en subtítulos engañosos, de una de las zonas de nuestra oralidad cotidiana menos tomadas en cuenta por su marginalidad misma: el discurso del disfrute” García Cartagena, Manuel: Prólogo Erótica de lo invisible. Manuel García Cartagena, Diciembre 14, 1999
[8] “El dualismo claridad-oscuridad, obvia en otros ochentistas como Dionisio de Jesús (Axiología de la sombra); Adrián Javier (El oscuro rito de la luz) y José Alejandro Peña (Pasar de sombra), es también una constante en Oscuro semejante” Gutiérrez, Franklin; ibíd. reseña “Poesías Juntas…”
[9] Manuel García Cartagena, Prologo Erótica de lo invisible. Diciembre 14, 1999